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20 de Diciembre

Por: José Raúl Mulino Q. Exministro de Seguridad -

Viví en primera fila, desde la dirigencia opositora, aquí en el país hasta el último día, el final de la dictadura militar. Siempre he pensado que más que lo que significaron las impactantes revelaciones del Cnel. Díaz Herrera en junio de 1987, el tramo final de la dictadura lo planteó el anular las elecciones del 7 de mayo de 1989. Comparto algunas experiencias vividas previas a la invasión.

El deterioro del régimen fue acelerado a partir de 1987. Poco a poco se fue quedando sin apoyo en el Gobierno de Estados Unidos, sus mentores, hasta América Latina, muchos de ellos compinches. El antecedente más próximo a ese inicio fue el crimen de Spadafora, su móvil junto a las contundentes coberturas de revistas y medios norteamericanos relativos a los vínculos de Noriega y las Fuerzas de Defensa con el narcotráfico, entre otros hechos de relieve. Esa relación era conocida en Estados Unidos y la colaboración prestada en los conflictos centroamericanos y el caso Irán Contras, hacían de Noriega el doble agente perfecto.

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La Cruzada Civilista fue evolucionando, por las circunstancias, hacia un movimiento político con amplia interacción con los partidos opositores y gremios de todas las tendencias del momento llegando a participar de la más alta dirigencia nacional. En Estados Unidos, otro grupo que coordinaba Gabriel Lewis Galindo con el frente internacional con un lobby de gran magnitud y penetración. Noriega fue quedando aislado poco a poco. Anular las elecciones en las que ampliamente ganaron Endara, Arias y Ford, a sabiendas de que las mismas eran un medio más de lucha y no un fin para llegar al poder, desenmascaró al régimen que se ubicó falazmente en la esquina de su "nacionalismo". Vinieron los intentos de negociación con la OEA, precedidos de los fallidos intentos de 1988 con el presidente Reagan y con unas Fuerzas de Defensa que ya habían sufrido dos intentos de golpe a lo interno, lo que planteaba una erosión grave nunca antes vista desde el intento contra Torrijos en diciembre de 1969.

El fracaso de la OEA en el caso de Panamá fue estrepitoso. Contubernio con el dictador, diría yo. Culminado el esfuerzo, quedamos en un limbo, sin actividad visible, sin presencia de medios internacionales y con grandes temores por lo que veíamos venir. En todo momento la ADO Civilista emitió importantes documentos públicos dirigidos a advertir el peligro de una intervención si se insistía en desconocer la voluntad popular expresada en las urnas, un mandato claro e irreversible. Se dirigieron comunicados a la oficialidad y tropa del estamento militar sin éxito. En todos se advertía lo duro que sería que el problema se resolviera vía una intervención militar de EE.UU. Oídos sordos opacados por el grito de " ni un paso atrás".

El 1 de octubre de 1989 al culminar la última careta de lo que iba a ser el gobierno de transición política y nombrar a Francisco Rodríguez como "presidente", reviviendo a la Asamblea de Representantes como "Órgano Legislativo" de hecho y estos, a su vez, nombrar a Noriega jefe de Estado con plenos poderes, selló el capítulo final. Noriega colocó al país en estado de guerra con los EE.UU. empezando así una desesperada carrera por mantener el poder nominal y usando el enfrentamiento con los EE.UU. como estrategia, la cual no convenció ni impresionó a nadie. El 16 de diciembre de 1989 se asesina a un soldado norteamericano frente al Cuartel Central, marcando las últimas 72 horas del régimen.

Leí ayer una entrevista del jefe de escolta de Noriega, Asunción Eliécer Gaitán desde la Nunciatura cuando se refugiaron allí junto a Noriega. Entiendo que él sigue en Cuba. Narra lo que fue el combate y quiénes lideraron el mismo, a pesar de las desigualdades militares y operativas. Sin duda, es otra versión de la dramática fecha, donde algunos pelearon y murieron en combate y otros corrieron, así como fue el secuestro de un norteamericano y un panameño ejecutados por considerarlos blancos enemigos. Igualmente, viví lo que fue esa noche y días posteriores. Vi pasar camiones de muertos frente a mi apartamento en Calle 50 y estuve en la instalación del gobierno de Endara en la Asamblea el 23 de diciembre rodeados de tanquetas y soldados gringos, luego de una llamada del Dr. Arias Calderón para que los acompañáramos. Ese himno nacional que cantamos todos allí, en medio de ese alucinante escenario, lo llevo en mi memoria como vívido recuerdo de una tragedia que no se puede repetir. Hubo júbilo en las calles, una gran paradoja histórica si se quiere plantear el fondo del drama que vivíamos.

Hay mucho más que contar. Detalles e interioridades de esa etapa histórica. Si alguien pidió la invasión no puedo decir que me consta. Tampoco que no se hizo. Endara, Arias y Ford actuaron en concordancia con el mandato y el momento crucial que les tocó vivir. Había otras opciones para EE.UU. Lo que era imparable era la invasión. Llegamos a esa fecha, poniendo vidas de lado y lado. Hoy, 29 años después, cuando todo se ve confuso y peligroso respecto de esa democracia que costó sangre y vidas recobrar, debemos entender que el camino parece cerrarse en una encrucijada distinta pero igual de peligrosa y que depende de nosotros únicamente darle sentido positivo al futuro que tenemos por delante. Ya no hay más amenazas más que nuestro propio y eventual fracaso.

¡Mientras, el reloj sigue su marcha y cada día que pasa es uno menos de todos ellos allá!

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