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Aprender a escuchar

Alfonso Echávarri Gorricho Psicólogo

Oír y escuchar no es lo mismo. Cierra los ojos durante un minuto y presta atención a todos los sonidos que tienes alrededor. Seguramente muchos de ellos que pasaban desapercibidos porque no resultaban significativos en ese momento ahora se muestran con claridad.

Con mucha frecuencia podemos observar en diferentes tertulias en televisión a los participantes que reclaman continuamente ser escuchados porque “yo no te he interrumpido mientras hablabas tú”. Pero el que ahora hablas eres tú y yo estoy en silencio, para que después hable yo y tú te calles, no significa que se esté necesariamente dando una situación de escucha. Porque lo más seguro es que mientras yo permanezco en silencio, lo que estoy es, fundamentalmente, elaborando mi respuesta, perdiéndome así buena parte de lo que tú estás exponiendo. Y con bastante frecuencia, meto todo mi mapa de por medio. Esto quiere decir que con facilidad me puedo encontrar juzgando aquello que para ti es importante y que buscas transmitirme, en lugar de limpiar todo condicionamiento previo a través de un aporte empático.

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Empatizar con una persona no significa en absoluto estar de acuerdo con lo que nos está argumentando. Empatizar quiere decir poner todo nuestro esfuerzo en entender cómo piensa esa persona, cómo siente y cómo actúa. Es decir, cómo entiende su mundo y en el caso concreto, cómo vive y percibe una situación. Es relativamente sencillo sabotear una escucha cuando comenzamos a introducir en el mensaje de nuestro interlocutor nuestra manera de acceso a la realidad. No quiero decir tampoco que ciertas reglas de respeto no favorezcan la escucha. Son necesarias, pero no suficientes. Escuchar no significa solo primero tú y después yo y viceversa.

Para que se produzca una buena escucha, lo que dispone el ser humano es de la capacidad de aprender a ejercer una escucha de calidad.

Y para aprender hay algo que se nos antoja básico: actitud. Porque escuchar significa principalmente mantener un encuentro en el que tú eres para mí lo más importante en ese tiempo de interacción y a mí me gustaría ser lo mismo para ti. Y a partir de aquí surgen elementos favorecedores de la escucha de calidad.

Cuando hablamos de escuchar, casi se nos va el pensamiento directamente al lenguaje verbal. Has dicho o he dicho. Pero acompañando a este lenguaje verbal está el lenguaje no verbal, muchísimo más rico que el anterior y lo que es más importante, más genuino, más natural, más difícil de maquillar. De hecho, ante un mensaje ambiguo, es la parte no verbal la que nos puede aportar más garantía de interpretación. Para que se produzca una escucha de calidad, la persona tiene que sentirse acogida.

Cuanto antes, mejor. Desde pequeños. Porque esto favorecerá más y mejores relaciones con otras personas. En el colegio, en el parque, con los iguales y con otros adultos. Pero así como cuando me preguntan sobre cuál es la mejor edad digo que la que uno tiene… porque no tiene otra, en esto del aprendizaje de la escucha opino de forma muy parecida. El mejor momento para aprender a escuchar es este. Con tu edad biológica y sobre todo con tu edad cronológica. Con tus habilidades o tus carencias, el ser humano es un ser social que va construyéndose a lo largo de su biografía a través de su relación con otros seres humanos.

Para que un niño incorpore a su patrón relacional buenas herramientas en materia de escucha, es necesario el modelaje a través de la interacción con figuras significativas para ellos. Los padres toman un papel relevante, de gran responsabilidad. Pero también los abuelos tienen mucho que decir en esta importante labor de la educación, porque disponen de otro tipo de tiempo, más pausado y más experimentado, más de “cuéntame lo que te sucede” mientras se come la merienda.

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